lunes, 4 de febrero de 2013

El Rosario de Plástico







El fervor con el que acariciaba las cuentas de su rosario de plástico era enfermizo. Eran pasadas las tres de la madrugada y la joven de diecisiete años continuaba con su interminable letanía. No era una oración o plegaria. Se trataba de una sola frase: ¿Por qué te fuiste?


El rosario había pertenecido a su madre. Nunca pudo compartir (o entender) la fe ciega que su madre tenía a los santos, a las vírgenes y a todos los misterios, que cambiaban de clasificación según el día de la semana. Karina suponía que sí creía en Dios (o dios), porque no existe mejor forma de demostrar la existencia de algo que renegando de ese algo.


La muerte de su madre había cogido por sorpresa a su familia, un año antes, pero Karina nunca se recuperó. Tuvo que mudarse. No podía sanar en ese departamento antiguo, rodeada de tantas cosas que recordaban a su progenitora. Tuvo que ocupar una habitación más compacta (y acolchonada) en una pensión local (por no decir manicomio).


Los administradores del local fueron muy amables desde el principio. Le regalaron nuevas prendas para vestirse. Algunas le quedaban sueltas (a veces tenían que amarrar los brazos de su blusa blanca alrededor de su cuerpo). Le hacían olvidar el miedo con un líquido mágico (que era inyectado en el brazo derecho). Dos asistentes le habían tomado tanto cariño, que incluso la visitaban en su cuarto por las noches, mientras todos dormían. Ambos hombres charlaban con ella, le acariciaban el cabello castaño para calmar su estrés y desnudaban n más que sus almas. Al principio, sus caricias le dolían (ardían), pero con el tiempo ellos se compenetraron con ella. El dolor pasó a ser risas entre los tres.


Sus amigos no la habían visitado esa noche. Su madre invadió sus pensamientos desde temprano, inquietándola. El líquido mágico no funcionó por el mismo tiempo que siempre y decidió calmarse como lo habría hecho su madre: Acariciando el rosario.

El rosario entre sus dedos descuidados, casi sin uñas (se las mordía a menudo), fue en algún momento blanco. Ahora el color era plomo debido al uso.

¿Por qué te fuiste?


¿Por qué te fuiste?


Odiaba tus estatuas de santos. Recuerdo que cuando te fuiste, los ojos de tu virgen (o era Virgen) se llenaron de sangre caliente. Tuve que limpiarla para darle la contra a tus creencias en milagros.

¿Por qué te fuiste? Quería mostrarte un nuevo juego. Lo aprendí de la nada, jugando con mis hermanitos y luego con papá esa tarde en la que te fuiste a trabajar o a la misa (no sé…) Quería ver si les ganabas. La primera ronda del juego y mis hermanitos se rindieron. Papá duró unas cuántas rondas más, pero al final igual se rindió. Pensé que tú podrías durar más. Sonaba a risas. Te divertías tanto que lágrimas salían de tus ojos…


Karina apretó el rosario con fuerza. Afuera se oía el goteo de la lluvia. Sonaba igual al goteo se escuchó aquella noche que decidió jugar con su mamá, luego de jugar con su papá, después de jugar con sus hermanitos. Esas gotas afuera sonaban igual (pero más fuerte) que las gotas que cayeron del cuchillo y mancharon a esa virgen, que no dejaba de mirarla con los ojos llenos de líquido rojo.


¿Por qué te fuiste? Yo solo quería jugar, mamá.




BYE...

DISCLAIMER: La historia nació en mi cabeza, durante una clase. Imágenes que entraban y salían. La foto que utilizo no me pertenece. La encontré en http://browse.deviantart.com/?q=white+rosary&offset=24#/d1a6u7z