Nuestro destino era enfrentarnos eternamente. Tuvimos el
mismo balance del bosque que podría ser consumido por el fuego; del fuego que
podría extinguirse con el agua; del agua que sería absorbida por el bosque.
Siempre que nos enfrentábamos era como un juego de niños. No
podíamos vencernos del todo; teníamos el acuerdo tácito de no atacarnos por ser
inútil: él era el creativo, ella demostraba una mente afilada y yo poseía la
agresividad. Podría traducirse en
Espíritu, Mente y Fuerza. Pero todo dejó de ser juego.
Yo quise conquistar y usar mi poder. A lo mejor podría
vencer, pensé. Pero no fui rival. Él me abrazó con amor. Sentí asfixia, pero
una vez que cedí, sus caricias me calmaron. Aunque él se notaba cansado y
envejecido, no dejó de sostenerme. Tal vez ella atacó por celos. Yo descansaba
cuando ocurrió. Cuando desperté, vi el corte irremediable e irregular. ¿Cómo
pudo acabar con la vida de alguien tan lleno de amor?
La perseguí y al encontrarla no perdí tiempo. Ella me pidió
clemencia, pero mi corazón estaba endurecido por la rabia y mi venganza.
Destruí su vida con facilidad. Aplasté sus últimas ideas y me deshice del filo
más grande.
Ahora vivo una condena. La culpa me invade cada día. Éramos
rivales, pero ahora sé la verdad. Había balance y respeto. Ahora solo queda mi
soledad y estos recuerdos: los cuerpos de ambos yacen en mi patio.
Solo yo soy responsable. Yo ataqué al papel, el papel me
envolvió con cariño, la tijera lo asesinó de un solo corte celoso y yo la
destruí a ella con mi pesa de piedra.
¿Qué hice, mis queridos enemigos? Los he perdido y con
ustedes se fue mi propósito de vida. Extraño esos juegos de niños que ya no
regresarán.
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