—¡Número 28!
Número 28, cliente Giftig por favor acercarse a la ventanilla 08. — La voz del
representante de atención al cliente se escuchó monótona y aburrida. Todas las
demás ventanillas estaban resolviendo las consultas y reclamos de otros
usuarios. Tenían la oficina llena y debían ser eficientes para despejar un poco
la carga de solicitudes.
Una mujer,
claramente en sus sesenta, se acercó a la ventanilla con paso lento, mientras
empujaba una carretilla, cuyo contenido estaba cubierto por una manta roja. Su
rostro mostraba el fastidio de la impaciencia por esperar a ser atendida. Entregó
el boleto de atención al joven que la atendería.
—Buen día. ¿En
qué puedo ayudarle? —El representante de atención saludó a la cliente sin
perder el tono lineal y aburrido que había usado para llamarla. No despegó la
mirada de la pantalla mientras esperaba la respuesta.
—Vengo a
presentar un reclamo. Este robot no es lo que me ofrecieron. Yo tengo el modelo
CAPE-07V01I19L8O2. No había tenido problemas, pero hace unos días dejó de
funcionar. Quiero que lo revisen y, si no lo pueden reparar, me devuelvan el
dinero. Aquí tengo la garantía de por vida que adquirí junto al robot. — La
mujer habló rápido con voz severa mientras entregaba el documento de la
garantía al encargado de atención al cliente.
El joven en la
ventanilla revisó la garantía. Estaba vigente. Empezó a revisar el robot para
ver si todas las condiciones se cumplían. Se agachó para levantar al androide y
lo colocó en la mesa. Físicamente todo parecía en orden. Midió la energía y
tenía medio tanque, suficiente para encender. No había arañones en la
estructura, pero eso no era sustento de nada. El modelo CAPE-07V01I19L8O2 tenía
una buena ratio de auto reparación y cicatrización robótica. La piel sintética
cumplía bien su función. El daño, a simple vista, no era físico. Tomó un
conector USB modelo Z y lo conectó a la altura de la sien derecha. Los ojos del
robot se iluminaron con datos numéricos en color verde. Toda la información se
cargaba en la pantalla de la computadora.
—¿Va a demorar
mucho? Tengo cosas que hacer y ya esperé demasiado en la cola. — La mujer alzó
la voz.
—Señora Giftig,
permítame un momento para revisar. Es bastante información que se debe
descargar. Si desea, tome asiento y yo la llamo nuevamente. Así no espera de
pie. — El tono profesional del joven
demostraba la capacitación que había recibido. Su mirada era tan fija que
dominó silenciosamente a la ansiosa mujer, quien tomó asiento nuevamente,
quejándose entre dientes.
Media hora
transcurrió aproximadamente cuando la cliente fue llevada por el asesor de
servicio y su supervisor a una oficina más privada para discutir su caso.
—Disculpe la
demora, señora Giftig. Soy el supervisor de Atención al Cliente. Mi nombre es
Rafael Synch. — El supervisor mencionó
mientras le señalaba una silla para que la señora tome asiento. —Junto al
asesor, el señor Gabriel Mess tuvimos que revisar mucha información. La
garantía no es válida. Vemos en el sistema que el modelo CAPE-07V01I19L8O2
recibió órdenes orales con enunciados prohibidos por el contrato que firmó.
—¿Qué quiere
decir? La garantía es vitalicia. ¿Qué quiere decir con “enunciados prohibidos”?
Siempre traté a ese androide como si fuese alguien de la familia. Esto es un
escándalo. Exijo hablar con el gerente porque se nota que no saben hacer su
trabajo. Deben atenderme y arreglar esto, de lo contrario, haré un alboroto, van
a ver. — La voz de la anciana se elevaba en su tonalidad aguda. La pequeña
oficina aislaba el sonido.
Calmado, el
asesor voltea la pantalla y se la muestra a la señora. Le ofrece unos
audífonos, pero la mujer golpea la mano del hombre, quien luego desconecta el
cable, liberando así el audio. Sin mayor ceremonia, se inicia un video resumen
en la pantalla, con algo de estática por el daño en la memoria rescatada.
La pantalla
muestra a la señora Giftig, pero mucho más joven. Los ojos parecen salirse de
sus órbitas, la respiración agitada y los dientes mostrándose en una mueca
agresiva. La mano levantada. La frase “Eres un inútil” se repite una y otra
vez. Los gritos de la grabación elevan su volumen de manera constante.
—¡Ponga
los audífonos! … Otros escucharán — la voz mezclaba rabia y vergüenza.
—
La sala evita que salga el sonido. Sigamos viendo, por favor. — Rafael comentó
con un tono más bajo que el de la clienta, pero sin perder la firmeza. La
clienta no respondió, pero no separó la mirada de la pantalla.
El video
mostraba otra escena. El robot CAPE-07V01I19L8O2 estaba siendo azotado con una
correa de cuero grueso. Es cierto que es una estructura resistente, pero la
manufactura incluía un polímero que asemejaba la piel humana a tal punto que sí
sangraba. “Te odio máquina inútil” Los gritos de la mujer del video se escuchan
fuera de la computadora. La escena cambia nuevamente. Se nota que están
forcejeando. Una mano sujeta el rostro del robot, quien mira la pared mientras
tres uñas afiladas recorren el rostro diagonalmente, de derecha a izquierda
desde el mentón hasta el ojo izquierdo. La vista se tiñe de rojo.
—El video
continua. Lo he detenido para demostrarle que incumplió su contrato. — El
analista de servicio al cliente minimiza la pantalla y le muestra la cláusula
del contrato en la que se menciona que la garantía vence el momento en el que
se demuestre daño físico o manipulación en la programación de fábrica.
Giftig leía
las palabras en el contrato. —Pero…. Nadie nunca me dijo esto. —La respiración
era agitada y entrecortada.
Gabriel Mess
movió el cursor hasta el final. —Según el documento de identidad anexado al
contrato, esta es su firma, señora Giftig. Está aceptando las condiciones.
—¡Pero nadie
me dijo eso! —La voz de la señora Giftig se elevó varias octavas —¿Quién tiene
tiempo para leer todas estas cosas? ¡Nadie!
—Señora
Giftig, lamentablemente el contrato es legal e inapelable. Al firmarlo, aceptó
las condiciones. Por lo tanto, la garantía no aplica. Es más, debemos
solicitarle que traiga el segundo androide que adquirió para revisarlo de
manera preventiva. — Rafael le dirigió una mirada silenciosa a Gabriel,
indicando que él se haría cargo del resto e intervino en la conversación, su
tono conciliador pero firme. — Todo indica que el modelo CAPE-07V01I19L8O2, en
su capacidad de aprender, aprendió a no funcionar porque era lo que su dueña le
decía. La repetición del comando lo reafirmaba. Le hemos mostrado un extracto,
pero la data tiene una antigüedad de más de 30 años.
—Esto es una
estafa. Yo siempre lo he tratado bien. Me llevaré el androide y haré la
denuncia por este abuso. —La cliente balbuceaba, dejando de lado la cautela o
la vergüenza. Gotas de saliva salían de su boca al hablar.
—Me temo que
eso no es posible, señora Giftig. Los técnicos se han llevado al androide para
intentar salvar las piezas y reutilizarlas. El software ha quedado inservible,
o en palabras suyas, “inútil”. No le mencionamos que cuando estuvimos
descargando la información algo atípico sucedió. Los ojos mecánicos comenzaron
a derramar gotas de agua salada. Si no fuese imposible para un androide,
diríamos que estaba llorando al recordar todo ese maltrato. El contrato también
indica que la empresa puede hacer esto por seguridad del producto como del
cliente. Esto está contemplado en las normas legales del país. — Rafael le
mostró la cláusula que mencionaba sin perder esa amabilidad profesional y
precisa de la atención al cliente.
Giftig abrió
la boca para hablar, la cerró y la volvió a abrir. Su voz no parecía encontrar
la salida. Según ella no había hecho nada malo. Es cierto que siempre había
sido muy nerviosa desde joven, pero era un androide, ¿qué daño podría causar?
Pero en la sociedad actual, las leyes contra el maltrato humano, animal y
robótico eran bastante estrictas, como lo mencionó el supervisor de atención al
cliente, desde que se definió por la ONU que todo ser que pueda razonar o
sentir y tenga funciones vitales es considerado como ser vivo, por lo tanto,
está sujeto a derechos que los protegen. Esos videos podrían significar su ruina.
—Señora
Giftig, lo mejor será que colabore con las investigaciones internas. Así
podríamos evitar involucrar a instancias mayores. Si usted nos trae el modelo
que tiene en casa para revisarlo, podríamos solo colocar su usuario en una
lista gris temporal. Puede que estemos a tiempo para prevenir cualquier daño
permanente con el androide que tiene en casa. — La voz de Rafael sonó más
empática. De hecho, intuía la línea de pensamiento de la cliente por su
lenguaje no verbal. La cliente bajó la
mirada al piso y asintió.
—Perfecto
señora. Si desea, coordinaremos con nuestro personal para que el recojo sea hoy
mismo. La podemos acompañar a su casa.
La señora
Giftig asintió silenciosamente. Su rostro mostraba una mueca extraña de
introspección y, tal vez, un sentimiento de culpa. Las manos envejecidas
temblaban y el párpado derecho latía. Gabriel y Rafael acompañaron a la señora
a la puerta, mientras Rafael coordinaba con el departamento logístico el recojo
del otro androide.