Ionel Jan Talhanuavv, un joven y
sensible artista, residía en la estrella más importante de la constelación de
Piscis, Alpherg. Dueño de una sensibilidad excepcional, incluso para su pueblo,
Ionel tenía la pasión oculta de conservar y cuidar un jardín de flores en su
patio.
Una noche, durante el día
terrestre equivalente al 16 de marzo, Ionel ingresó a su invernadero personal.
Su familia había salido de la casa. Quería meditar de manera introspectiva y
aprovecharía que las estrellas alrededor de la constelación tenían un brillo
nostálgico que le permitía evaluar el pasado, con la luz del presente y la
esperanza del futuro. Se había vestido en honor a la ocasión con su mejor
túnica ceremonial, la que tenía los colores característicos de la casa
astrológica, con tonos celestes y aguamarina con detalles de azul oscuro.
La distribución de las macetas en
el invernadero respondía a la mente organizada de Ionel. En el ambiente se
respiraba una mezcla de fragancias variadas, mientras la música de violín,
proveniente de un equipo de sonido, eliminaba el silencio estelar. Por el lado
izquierdo, las flores tenían colores más opacos y fragancias invasivas, por el
centro la vida vegetal era variada y por el lado derecho las fragancias eran
más suaves. Una vista más cercana a las flores podría confirmar que no fueron
cultivadas de una forma tradicional. Cada flor era única.
Luego de recorrer el área, Ionel
se sentó en la silla ubicada en el centro del lugar. La ubicación le permitía
ver la superficie redondeada del invernadero y contemplar su colección. La
silla estaba rodeada de hojas y lianas de diversos colores. Al costado de la
silla había una mesa redonda en la que descansaba un pequeño retoño. La flor
recién estaba naciendo. Sus tonalidades moradas y rojas daban la sensación de
un atardecer veraniego. Tomó la pequeña maceta en forma de corazón y acarició
los pétalos. Parecía mágica aquella suavidad que empezaba a sentir. La pequeña
planta nació sin previo aviso, al igual que las otras alrededor de la sala.
Cada vez que Ionel se relacionaba
con alguna persona, su sensibilidad y espiritualidad se manifestaba creando de
la nada una semilla que luego plantaba en una maceta. El resultado dependía
mucho de los cuidados. El nacimiento de la flor “Magia de Merlín” tuvo que ver
también con la madurez que había logrado Ionel. A lo largo de su vida tomó
caminos distintos en el amor, cada uno de los cuales traía una semilla. Comenzó
a evocar el origen de las flores. Algunos recuerdos estaban más frescos que
otros, pero podía decir que sí reconocía el momento en el que cada semilla dio
fruto.
Con una ligera amargura, miró una
flor que descansaba en una pared. Se llamaba “Traición del Yule” y emanaba una
fragancia empalagosa y algo tóxica. Ionel creía que no podía negar su pasado.
Esa flor apareció con potencial, pero se tornó insoportable una noche.
Mirando a otro lado vio un
conjunto de macetas con flores muy bonitas, pero sin esencia ni aroma. Fueron
aquellas que surgieron solo por la manipulación lujuriosa de otros seres. Eran
solo plantas que imitaban ser flores.
La variedad de flores lo
impresionaba. Había flores de todo tipo: delicadas, robustas, con buen aroma,
con fragancia más sutil o incluso con olor a putrefacción. Algunas rosas y
orquídeas compartían espacio, otras plantas atrapa moscas mostraban su fiereza.
Cada flor le dio la experiencia y el valor para cultivar “Magia de Merlín”.
Levantó la mirada y vio colgada
una maceta compacta. Su fragancia era amaderada y calmante. Estar cerca a esa
flor, a la que llamó cariñosamente “Garra del Oso Polar”, le ayudaba a aclarar
la mente. Esta flor en particular tuvo su truco al nacer. Emergió en tierra de
fuego, pero luego los cuidados incluían un abono rico en minerales traídos de
las lunas de Cáncer, entre los cuales estaba una especie de cuarzo llamado
“Empatita”. Una pequeña lágrima de agradecimiento recorrió su mejilla. Esa
planta le había enseñado el valor de la honestidad y la amistad pura. Le hacía
aceptar sus vulnerabilidades y acariciarlas con comprensión. Lo que más
impresionó a Ionel fue la capacidad que esa flor tuvo para cambiar sus pétalos,
de un rojo intenso a un color lavanda apaciguador. Parecía una gardenia común,
aunque Ionel sabía que era más especial de lo que podía saber.
Esta gardenia de las estrellas
parecía corresponder el cariño. Al estar colgada podía absorber las distintas
toxinas y convertirlo en algo menos nocivo. Ionel solo pudo dedicarle un
gracias, antes de retomar los cuidados a la flor sobre la mesa. Aún era pronto
para saber si la flor crecería tan fuerte como otras, pero al menos Ionel
quería ver cómo se desarrollaba. Por lo menos por ahora, le daba felicidad
mirar esa flor y saber que era él quien cuidaría de la “Magia de Merlín”.
Ionel comprendió entonces que no
todas las flores nacen para ser eternas, ni todas para ser comprendidas.
Algunas existen solo para ser cuidadas mientras viven.
Con ese pensamiento, dejó reposar
su cuerpo y su espíritu. El invernadero guardó su sueño como un secreto
antiguo, mientras la pequeña “Magia de Merlín” permanecía allí, latiendo
despacio, aprendiendo a ser flor.
Y aunque el futuro era incierto,
Ionel descansó en la certeza más valiosa que había cultivado: aún tenía amor
para ofrecer, y manos dispuestas a sostenerlo.
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