martes, 14 de abril de 2026

Botánica Espiritual

 

 

Ionel Jan Talhanuavv, un joven y sensible artista, residía en la estrella más importante de la constelación de Piscis, Alpherg. Dueño de una sensibilidad excepcional, incluso para su pueblo, Ionel tenía la pasión oculta de conservar y cuidar un jardín de flores en su patio.

Una noche, durante el día terrestre equivalente al 16 de marzo, Ionel ingresó a su invernadero personal. Su familia había salido de la casa. Quería meditar de manera introspectiva y aprovecharía que las estrellas alrededor de la constelación tenían un brillo nostálgico que le permitía evaluar el pasado, con la luz del presente y la esperanza del futuro. Se había vestido en honor a la ocasión con su mejor túnica ceremonial, la que tenía los colores característicos de la casa astrológica, con tonos celestes y aguamarina con detalles de azul oscuro.

La distribución de las macetas en el invernadero respondía a la mente organizada de Ionel. En el ambiente se respiraba una mezcla de fragancias variadas, mientras la música de violín, proveniente de un equipo de sonido, eliminaba el silencio estelar. Por el lado izquierdo, las flores tenían colores más opacos y fragancias invasivas, por el centro la vida vegetal era variada y por el lado derecho las fragancias eran más suaves. Una vista más cercana a las flores podría confirmar que no fueron cultivadas de una forma tradicional. Cada flor era única.

Luego de recorrer el área, Ionel se sentó en la silla ubicada en el centro del lugar. La ubicación le permitía ver la superficie redondeada del invernadero y contemplar su colección. La silla estaba rodeada de hojas y lianas de diversos colores. Al costado de la silla había una mesa redonda en la que descansaba un pequeño retoño. La flor recién estaba naciendo. Sus tonalidades moradas y rojas daban la sensación de un atardecer veraniego. Tomó la pequeña maceta en forma de corazón y acarició los pétalos. Parecía mágica aquella suavidad que empezaba a sentir. La pequeña planta nació sin previo aviso, al igual que las otras alrededor de la sala.

Cada vez que Ionel se relacionaba con alguna persona, su sensibilidad y espiritualidad se manifestaba creando de la nada una semilla que luego plantaba en una maceta. El resultado dependía mucho de los cuidados. El nacimiento de la flor “Magia de Merlín” tuvo que ver también con la madurez que había logrado Ionel. A lo largo de su vida tomó caminos distintos en el amor, cada uno de los cuales traía una semilla. Comenzó a evocar el origen de las flores. Algunos recuerdos estaban más frescos que otros, pero podía decir que sí reconocía el momento en el que cada semilla dio fruto.

Con una ligera amargura, miró una flor que descansaba en una pared. Se llamaba “Traición del Yule” y emanaba una fragancia empalagosa y algo tóxica. Ionel creía que no podía negar su pasado. Esa flor apareció con potencial, pero se tornó insoportable una noche.

Mirando a otro lado vio un conjunto de macetas con flores muy bonitas, pero sin esencia ni aroma. Fueron aquellas que surgieron solo por la manipulación lujuriosa de otros seres. Eran solo plantas que imitaban ser flores.

La variedad de flores lo impresionaba. Había flores de todo tipo: delicadas, robustas, con buen aroma, con fragancia más sutil o incluso con olor a putrefacción. Algunas rosas y orquídeas compartían espacio, otras plantas atrapa moscas mostraban su fiereza. Cada flor le dio la experiencia y el valor para cultivar “Magia de Merlín”.

Levantó la mirada y vio colgada una maceta compacta. Su fragancia era amaderada y calmante. Estar cerca a esa flor, a la que llamó cariñosamente “Garra del Oso Polar”, le ayudaba a aclarar la mente. Esta flor en particular tuvo su truco al nacer. Emergió en tierra de fuego, pero luego los cuidados incluían un abono rico en minerales traídos de las lunas de Cáncer, entre los cuales estaba una especie de cuarzo llamado “Empatita”. Una pequeña lágrima de agradecimiento recorrió su mejilla. Esa planta le había enseñado el valor de la honestidad y la amistad pura. Le hacía aceptar sus vulnerabilidades y acariciarlas con comprensión. Lo que más impresionó a Ionel fue la capacidad que esa flor tuvo para cambiar sus pétalos, de un rojo intenso a un color lavanda apaciguador. Parecía una gardenia común, aunque Ionel sabía que era más especial de lo que podía saber.

Esta gardenia de las estrellas parecía corresponder el cariño. Al estar colgada podía absorber las distintas toxinas y convertirlo en algo menos nocivo. Ionel solo pudo dedicarle un gracias, antes de retomar los cuidados a la flor sobre la mesa. Aún era pronto para saber si la flor crecería tan fuerte como otras, pero al menos Ionel quería ver cómo se desarrollaba. Por lo menos por ahora, le daba felicidad mirar esa flor y saber que era él quien cuidaría de la “Magia de Merlín”.

Ionel comprendió entonces que no todas las flores nacen para ser eternas, ni todas para ser comprendidas. Algunas existen solo para ser cuidadas mientras viven.

Con ese pensamiento, dejó reposar su cuerpo y su espíritu. El invernadero guardó su sueño como un secreto antiguo, mientras la pequeña “Magia de Merlín” permanecía allí, latiendo despacio, aprendiendo a ser flor.

Y aunque el futuro era incierto, Ionel descansó en la certeza más valiosa que había cultivado: aún tenía amor para ofrecer, y manos dispuestas a sostenerlo.

 

 

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