Vida y Muerte se reunieron, como
todos los años, para celebrar su unión y compañía, a pesar de sus opuestos
trabajos. Era una noche de luna llena y algunas estrellas.
Vida decidió sorprender a Muerte.
Luego de beber Ambrosía dulce, le entregó a Muerte un regalo, a pesar de
haberse prometido mutuamente que este año no se regalarían. El obsequio solo
tenía un moño del color de la noche. El mango de madera estaba hecho del roble
más antiguo, finamente pulido. La hoja, larga y afilada estaba hecha de
diamante, pero al estar trabajado por algún artesano experto, parecía emitir un
brillo plateado. Se trataba de una hoz de casi dos metros de alto.
Las manos huesudas de Muerte
sostenían el mango de la nueva guadaña, mientras Vida sonreía con inocencia
infantil al observar la escena. Tenía un grabado: “Gracias por acompañarme
desde Siempre. V.” Con lágrimas en los ojos, Muerte no sabía qué decir. Era un
regalo impresionante, bastante personalizado. ¿Qué podría darle a Vida para que
comprenda lo mucho que atesoraba su compañía? No compró nada. Revisó su túnica
negra. En un bolsillo encontró envolturas de goma de mascar o de algún
chocolate de leche, rico en calcio. En el otro bolsillo encontró solo una
semilla, residuo de algo que había comido.
Silenciosamente le mostró a Vida
lo que había descubierto en sus bolsillos. Sentía vergüenza. No tenía nada que
dar a alguien tan importante. Vida interrumpió sus pensamientos con un grito
agudo. —Muerte, es hermosa. ¡Esa semilla… es lo más bello que me has podido
dar! Era lo que quería. — La euforia de Vida se tradujo en un abrazo lleno de
amor por Muerte.
—¡Feliz Aniversario, Vida! —
Susurró Muerte mientras correspondía el abrazo. En verdad, había sido un
aniversario único, pues sin querer ambas se dieron un regalo desde el Alma y el
Corazón.
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